
Algunas personas tienen momentos específicos en donde se enamoraron de su pasatiempo. Pudo ser un juego especial, o fue la gente con la que compartió la experiencia. Otras no lo recuerdan y con el paso del tiempo fueron adquiriendo el gusto por lo que hacen. Yo recuerdo el momento exacto que me enamore de los juegos de mesa.
Claro, como muchos niños, había tenido varios durante mi infancia. Ninguno en especial, aunque recuerdo mucho estar fascinado con
Mouse Trap y su atractivo laberinto, más juguete que juego. Nunca lo tuve pero si que me gustaba ese comercial. También recuerdo vagamente un juego de mesa que contenía a Mickey Mouse, el cual se me regalo a causa de un desafortunado incidente combinando mi dedo anular izquierdo y la llanta de un carrito de supermercado. Good times.
Fuera de esos momentos y alguno que otro juego de
Monopolio, Turista Mundial y Clue, la primera vez que recuerdo estar emocionado al jugar un juego de mesa, estar fascinado con el tablero, calculando las posibilidades de mis dados y pensando en cuando cambiar mis tarjetas para recibir más tropas fue a los 16 años y fue con el venerable clásico,
Risk, el juego de dominación global.
La cantidad de personas que lo han jugados es enorme, ya que lleva existiendo desde 1957. Es especialmente inusual que un juego sobreviva tanto tiempo, quizá en parte porque ha tenido sus revisiones y modificaciones. Pero el Risk que yo jugué esa noche con 3 amigos (Max, Sergio y Paco, si mal no recuerdo), fue el original. Armado de un numero limitado de tropas esparcidas alrededor del mundo, Risk no acaba hasta que un jugador haya eliminado a todos ese solo domine el mundo.
Rápido tuve que aprender a calcular mis probabilidades; atacar desde mi territorio a cualquier adyacente con todas las tropas que quisiera, mientras dejara una cuidando mi terreno. Me tomo un poco de tiempo entender como funcionan las batallas mediante tiros de dados. Mis atacantes son hasta tres dados, mi oponente tira hasta dos dados y los resultados más altos se comparan y van eliminando pobres soldados. Se acaban las tropas, se acaban los dados y un lado gana la batalla. Siendo un juego de guerra es obviamente confrontativo pero es posible formar alianzas y hacer tratados informales de paz con tus oponentes pero también es completamente legal que ellos te traicionen y no respeten sus acuerdos, como bien me demostró Max durante nuestro pacto para unificar fuerzas contra Sergio. Es un fascinante estudio de caso en interacción humana, esto años antes de que estudiara psicología.
Jugamos durante horas, nos reímos, nos pusimos serios y estoy seguro que no gane. Eso no fue lo importante (dice el perdedor). Lo importante fue que había redescubierto los juegos de mesa y conquistar el mundo era mucho más atractivo que atrapar un ratón.